Una historia del tren. Parte IV
Ella estaba ahí, pasando casi desapercibida. Una invisible más hasta para Esperanza que olvidó decir “disculpe” cuando la bolsa que cargaba, golpeó sin querer su espalda.
Y podía entender de esos apuros, después de todo, ella también era una cabecita negra que subía y bajaba trenes corriendo para llegar en hora a su empleo mal pagado. Así que para sus adentros dijo: “Sra. está usted disculpada”.
Le fascinaba escuchar las conversaciones de los demás, como si en las charlas de los otros descubriera su propia historia y tuviera el poder de evadir su historia en Madrid. Jamás había podido leer en movimiento, y se resistía a tomar sus viajes diarios como una perdida de tiempo. Así que cuando se mudó de casa, más lejos de su empleo, tomó la decisión de utilizar ese tiempo para aprender de sus desconocidos compañeros de viaje. Y que mejor manera que aprender escuchando palabras ajenas.
Sonia había elegido el autoexilio. No estaba allí por gusto a esa nueva tierra que se le hacía muy conocida. Si no por cumplir una tarea con ella misma: permanecer lejos de todo, para conocer el límite de sus fuerzas. Había elegido Madrid por ser lo que menos quería. Uno solo puede conocerse pisando los lugares difíciles y que más difícil que vivir en un lugar que no se quiere.
- Masoquismo – le había dicho su mejor amiga antes de tomar el avión desde el Río de la Plata hacia el norte de mundo- ¡lo tuyo es puro masoquismo!
Y quizá tuviese razón. Como siempre la razón de los otros no eran sus propias razones sin embargo, alguna vez pensó que su decisión de permanecer en aquel país, en aquella ciudad era una manera de auto castigo. Más, después de lo que le sucedió aquella noche en que cruzaba la plaza del barrio latino. Por primera vez las razones de ella y su amiga coincidían.
No entendía por qué le decían que aquella era su madre patria, cuando en realidad, estaba muy lejos de ser tratada como a una hija. Ella era una invisible más, sin identificación ni número de seguro social. Solo era una invasora que había llegado a robar el trabajo de los ciudadanos. Una carga social, un número de estadística migratoria. No pretendía ser recibida con los brazos abiertos pero al menos, sí con respeto. ¿Acaso ellos habían olvidado que un día sus bisabuelos y tatarabuelos habían bajado de los barcos en tierra ajena?
Pero para los racistas cabeza rapada, la historia es una fábula de Disney.
-¡Ellos que tanto odian USA por ser imperio!- pensó para sus adentros recordando aquel neonazi que le llenó de cicatrices el cuerpo y que por poco la manda al otro lado solo por ser sudaca- y aún así me sigo quedando...masoquismo, si, masoquismo...
Sonia tenía razones para querer acallar sus pensamientos así que volvió a concentrarse en la conversación ajena, y olvidar su historia en Madrid.
Puso sus oídos en las dos señoras españolas que hablaban sobre cómo el país está en decadencia debido a la invasión de africanos.
charruita

Somos diez, cien, mil... quién sabe. Lo importante es que somos más que dos. Como es un blog polifónico, al final de cada post se identificará el autor del texto ;-)








Vade retro dijo
Siempre lo digo, esto es como todo, no se puede generalizar. La inmigración es un fenómeno muy complejo.
Me gustó mucho tu historia charruita.
9 Octubre 2006 | 10:55 AM